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Nuestra misión

“...es Nuestra Misión, la misión irrenunciable de la Iglesia: la tarea de todo creyente que obra en los medios es la de ‘allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y sus verdaderas necesidades espirituales, ofreciendo a los hombres que viven este tiempo ‘digital’ los signos necesarios para reconocer al Señor’“ Benedicto XVI

domingo, 2 de octubre de 2011

La Comunicación de la Fe (II)

Continúo comentado la segunda parte del texto “Diez reglas para comunicar la Fe”  de D. Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra en el L'Osservatore Romano, disponible en Zenit.

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     1.     Veamos primero los principios relativos al mensaje.

Ante todo, el mensaje ha de ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas. Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad

El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.

Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.

En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla. 

Tomás de Aquino afirma  que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan;  y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.

Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.

Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.

En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro. La comunicación no es principalmente lo que  el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas.  En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.

A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.

El fragmento tiene muchos elementos que comentar y discernir cómo podemos llevar estos puntos a nuestra labor en la red. Podemos ser creadores de blog o simplemente comentaristas en las redes sociales, pero nuestra misión es evangelizar en cada uno de los niveles que seamos capaces.

Comencemos por la formulación positiva del mensaje. Esto cuesta y lo digo por experiencia. Pero ¿Por qué en positivo? Porque defender las negaciones implica reseñar el mal, mientras que argumentar en positivo implica señalar el bien. Pensemos en el cambio que experimentó el ser humano desde que Dios le entregó los mandamientos hasta que Jesús pronunció el Sermón de la Montañas. Desde un conjunto de prohibiciones a un conjunto de bienaventuranzas. En muchos casos el “no mal” no implica el bien, sino un estado de letargo de nuestra voluntad.

Pero hemos de tener cuidado. Aunque a veces es necesario señalar una frontera mediante un mensaje negativo, no debemos quedarnos en la formulación negativa, sino adjuntarle una formulación del bien correspondiente.  Por ejemplo: decir que “no matarás” es evidente, pero no nos quedemos ahí, nuestra labor es dar más sentido a la vida de todo aquel que lo necesite.

Otra reseña interesante es la diferencia entre la locutio y la illuminatio. La diferencia entre enviar palabras y que estas sean relevantes para quien nos escucha o lee. En el fondo de lo que habla D. Juan Manuel de que la comunicación necesita un emisor y un receptor. El receptor debe hacer suyo mensaje o se producirá un error que tendremos que gestionar.

Dice D. Juan Manuel Mora, que “La comunicación no es principalmente lo que  el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende.”, lo que desde mi punto de vista es cierto, pero no termina de exponer el problema de comunicación de la Fe en toda su extensión.

Para comunicar a veces hay que saber primeramente qué es lo que podemos comunicar. Hay cuestiones que no podemos comunicar sin un proceso vital o de formación previa. Otras cosas necesitan de un medio y un código compartido. El lenguaje con que comunicamos la Fe debe adecuarse a quien nos escucha, sin que esto conlleve pérdida alguna del mensaje que enviamos. Si para comunicar tenemos que desestimar partes esenciales del mismo, mejor dejemos el tema que nos ocupa. Se evidencia que hay otras cosas que comunicar antes. El fin no justifica los medios.

Pero muchas veces nos encontramos con prejuicios que no podemos romper fácilmente ¿Cómo comunicamos el concepto de pecado a quien rechaza la palabra misma? Tendremos que abstraer la palabra y hablarle de cómo se siente después de una acción que le daña a él o al prójimo. Ante nuestra formulación podemos darnos cuenta si el receptor “sintoniza” empáticamente o simplemente niega la evidencia.

Puede ser que no consigamos “enganchar” de ninguna manera. Incluso bajando al sentimiento de daño causado más básico. Nos damos cuenta que no comunicamos nada a quien nos oye/lee y por ello nos daremos cuenta que falla algo importantísimo: la empatía de nuestra propia naturaleza. La empatía es la capacidad de sentirse en quien tenemos delante y viceversa. Si quien tenemos delante no es capaz de sentir empatía en los rasgos más básicos de su naturaleza humana, simplemente no podemos comunicarnos.

Es evidente que muchas veces quienes tenemos delante no son capaces de entendernos y esto no proviene de un defecto del emiso, sino por un fallo en el receptor. Habrá que esperar a que madure como persona o al menos pierda la soberbia de sentirse por encima de su propia naturaleza.

Con estas personas hay que tener paciencia y caridad. Incluso si nos insultan o desprecian. Con el propio juego del desprecio pueden empezar a madurar.

No dude en compartir sus impresiones con nosotros. Comunicar crea comunidad.

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