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Nuestra misión

“...es Nuestra Misión, la misión irrenunciable de la Iglesia: la tarea de todo creyente que obra en los medios es la de ‘allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y sus verdaderas necesidades espirituales, ofreciendo a los hombres que viven este tiempo ‘digital’ los signos necesarios para reconocer al Señor’“ Benedicto XVI

viernes, 7 de octubre de 2011

Comunicar la Fe (III)

Continuemos con la tercera parte del texto “Diez reglas para comunicar la Fe”  de D. Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra en el L'Osservatore Romano, disponible en Zenit.

1.     Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.

Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone, ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.

Por otra parte, en comunicación, como en economía, cuentan mucho los avales. El aval de una autoridad en la materia, o de un observador imparcial, representa una garantía para la opinión pública. Con otras palabras, nadie se avala a sí mismo. Existen instancias que, con mayor o menor fundamento, ejercen esa función evaluadora. En el ámbito de la opinión pública, ese aval lo otorgan principalmente los periodistas. Por eso, es crucial considerarlos como aliados, nunca como enemigos, en el proceso de comunicación.

El segundo principio es la empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones.

Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia.

Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.

El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.

Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura.

Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.

Recapitulemos los tres puntos que nos señala D. Juan Manuel Mora

a.     Credibilidad
b.     Empatía
c.      Cortesía

La credibilidad es necesaria para propiciar el diálogo y que sea además sea fructífero. La credibilidad puede ser previa, pero también puede ganarse durante el mismo diálogo. Todo depende de nuestra capacidad para dar razones y apoyarlas sobre premisas de consenso.

Hay que hacer el esfuerzo de intentar buscar unos fundamentos comunes para empezar el diálogo. Después tendremos que razonar o desarrollar lo que digamos a partir de estos fundamentos. De esta forma ganaremos en credibilidad según avancemos en el diálogo.

Ahora, a veces nos encontramos enredados en diálogos circulares. ¿Qué hacer? Cerrarlos con amabilidad y cortesía. Los argumentos circulares machacan las neuronas y no llevan más que a la desesperación.

¿Qué sucede cuando no hay nada común que podamos utilizar para dialogar? En estos casos mostrar afecto y respeto es lo único positivo a ofrecer.

Pero hay que tener claro que a veces empatía y cortesía están ausentes de las premisas del diálogo. Si el punto de partida es que “quien no piense como yo es un fariseo”, limita el espacio a la empatía y la cortesía. Se puede mostrar educadamente que esta premisa coincide justamente con las formas que se critican.  Hay que ser conscientes que esta simple acción sentencia la empatía potencial que pudiera esperarse, pero evidencia que es imposible que la empatía sea unidireccional y a favor de una de las partes.

No dude en compartir sus impresiones con nosotros. Comunicar crea comunidad.

2 comentarios:

  1. Muy buena entrada Néstor, estoy completamente de acuerdo con lo que aqui se dice, aunque yo por mi falta de cultura tal vez no sabria explicarme igual de bien.
    Gracias por compartir mensajes tan educativos que nos ayudad a ver de otro modo las cosas y a revindicar lo que ya conocemos al respecto. Un abrazo, feliz fin de semana.

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  2. Me alegra que te haya gustado la entrada. Queda una cuarta entrega que, desde otro punto de vista, vuelve a indicarnos la importancia de cómo comunicamos nuestra Fe.

    Un abrazo en el Señor :)

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